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Nací un 25 de febrero. Mi primer contacto con la escultura fue a los 16 años, en una clase de artes plásticas del colegio. Todavía me siento agradecida a esta profesora de arte que, yendo más allá de lo convencional y de los clásicos ceniceros y jarrones, nos sugirió que hiciéramos una figura humana. Desde entonces, mi contacto con la arcilla se hizo casi una necesidad, la que seguí cultivando en el taller de Gabriel Cantilo. El estilo de mis obras es más bien figurativo.
Digo más bien, porque no lo es totalmente. Probablemente un psicoanalista
diría que tengo algún problema de identidad, ya que es difícil
encontrar cabezas, rostros, siempre hay algún brazo o pierna “mutilado”.
Pero mi intención es transmitir con determinadas partes de los cuerpos
lo que veo o siento, y el resto, simplemente sobra, distrae del objetivo
final. Y además, permitir al observador proyectar su visión,
sensación, poner su cara, su cuerpo, su sentir. Mis piezas sólo
son detonadores, de lo que cada uno quiera y desee proyectar...
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