| Sabedores del discurso formal
que surge de los postulados de la abstracción uno se pregunta si
las formas geométricas, como definición de encuentros y desencuentros
con la realidad, no pueden encerrar una nueva expresión de génesis,
de nacimiento, de regreso a lo más primario del ser, rescatando
desde su origen los materiales que son susceptibles de construir nuevas
formas de expresión (es decir, de observación). Sin lugar
a dudas esto implica un salto cualitativo en la elección última
de los modos y de los medios utilizados e utilizables en dicha construcción.
No basta con reciclar o reutilizar aquellos elementos matéricos
para obtener una visión “más real” del objeto, por ejemplo.
La fuerza de esa construcción reside en el juego constante de sensaciones,
de lenguajes, de sutiles transformaciones que rompen el equilibrio entre
la verticalidad de lo expresado y la horizontalidad de lo creado.
La obra de Marggi parte de esa idea tan sugerente como vanguardista
(en su sentido más revolucionario) como es el cuestionamiento constante
de todo su universo creativo. La dialéctica de las cosas más
simples y cotidianas, ese juego de contrarios, de mezclas, de contraposicones,
encuentra su verdadera dimensión en la capacidad del artista para
moldear los sentimientos del observador.
Nada de lo que vemos nos resulta ajeno y, sin embargo, nos sentimos
atraídos hacia un distanciamiento tan sutil como efímero,
tan mágico como íntimo, tan revelador como extraño.
De ahí nace, quizá, todo arte que se anuncia contra sí
mismo y contra su creador.
Antonio Merino
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