Cuando uno se halla frente a
un cuadro de María Burgaz lo primero que le llama la atención
es la explosión de tonalidades y la ubérrima fantasía
que lo corporeizan, cualidades ambas que, en principio, le otorgan a la
autora la placentera certeza de que su pintura no es precisamente de las
que pasan desapercibidas. Mas, una vez que se ha atravesado ese necesario
umbral, cuando el espectador/ contemplador ya se ha repuesto de la violencia
colorista y de la cresa imaginación que emanan todas y cada una
de las obras de esta joven artista, se va introduciendo poco a poco (como
si los múltiples y heterogéneos elementos que las componen
poseyeran la capacidad de susurrarte al oído un inzafable “ven,
adéntrate en nuestro mundo mágico”) en una narración
poblada de símbolos que, diseminados con calculado propósito
por sobre la total geografía del lienzo, dan a luz una historia
cuya temática puede ir desde el puro surrealismo a la más
honda tragedia; desde la situación más kafkiana o la más
naif (en el sentido literal de dicho término, ingenuo/a), hasta
los aspectos más inconfesables e impúdicos del ser humano;
pero tras cada una de esas formas o manifestaciones se esconde un único
leitmotiv, un hilo conductor que define a la perfección la esencia
vital de esta poetisa de la paleta, y que es esa necesidad de que, por
muy oscuro que sea el túnel en el que uno se adentre – y ella en
muchas ocasiones lo hace, quizá por la eterna curiosidad y lo perentorio
de habitar cerca del peligro que caracteriza a todo artista de raza-, al
final del mismo se vislumbre la luz. Una luz que, cuando se ha avistado,
ilumina hasta la ceguera y convierte la inicial sensación de exceso
en la de armonía. La bellísima armonía del caos.
Celebremos, pues, con la muda contemplación de sus obras,
con la silente aprobación que se experimenta tras leer las fabulosas
narraciones que se entrelazan-amándose o repudiándose-en
su corpus pictórico, el que aún existan personas como ella.
Cazadores de sensaciones que no se conforman con el simple remedo de lo
ya inventado, sino que avanzan erguidos en pos de nuevos referentes. Siendo
incluso capaces de morir en esa compleja búsqueda antes que detenerse
a tomar aliento en el reino de lo sobradamente conocido.
Javier Menéndez Flores
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