| PRESENTACIÓN
Aventurarnos en la excursión que MANDO nos propone en el mundo fascinante
de las imágenes de nuestros ancestros, resulta inquietante y nos
conmueve intensamente al aceptarla. Excursión en el tiempo y el
espacio, que a la vez implica una incursión en el misterioso mundo
de las imágenes interiores. Un movimiento que sólo el arte
posibilita.
Y es porque esta excursión alude a la recia presencia de lo humano
y lo divino "primitivo", en un momento de la historia de nuestra psique
y de nuestra cultura cuando los hombres se topaban constantemente con las
manifestaciones de una divinidad que formaba parte de lo cotidiano.
En un despliegue generoso de luz, color y movimiento, la obra nos religa
con las esencias de lo indígena, es decir, de lo originario de nuestra
América. En ese recorrido casi onírico, encontramos entonces
los lemas eternos de lo femenino, de la fertilidad, del nacimiento, del
sacrificio, de lo varonil, del ritual y de la muerte, lo nutrido, lo erótico
y lo sagrado se mezclan de manera misteriosa y llena de vitalidad plástica.
En las imágenes totémicas se configuran los cuerpos de hombres
y dioses; de los hombres haciendo imágenes de los dioses y de sus
propios semejantes. En los rostros, a veces desligados de los cuerpos,
convertidos en máscaras, están las expresiones que parecen
haber atravesado el tiempo para llegar hasta nosotros. Cuerpos y rostros
en los cuales podemos reconocernos. Ojos y expresiones en los cuales podemos
imaginar la mirada y los efectos del hombre originario ante el mundo primigenio.
En los cuerpos de volúmenes densos y tangibles, adornados a veces
con talismanes del culto, en sus movimientos, se nos hace patente la relación
sagrada, de participación mística, con una naturaleza material
y espiritual que rodea y nutre, que construye y devasta, que ama y engulle.
En la profusión de colores se expresa lo elemental, la conexión
con lo ígneo, lo acuático y, sobre todo, lo telúrico,
polo ordenador de una psique que diferencia sus ámbitos.
Las vasijas y otros objetos, los altares, las presencias animales y, sobre
todo, las transparencias son sus múltiples planos de representación,
conforman un bajorrelieve sobre el cual destaca la figura humana. En este
escenario, en cada tela, nace un mundo y se asiste a la Epifanía
de sus dioses.
Después de un largo tiempo de trabajo sistemático con el
tema precolombino, Manolo Roldán cumple entonces una tarea religiosa,
religante, con los temas arquetipales que su obra nos expresa con gran
fuerza y madurez. Imágenes que pertenecen al estrato colectivo de
una psique forjada sobre la extraordinaria mezcla que es América.
Luis E. Galdona
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