Manuel Portera


 

 
 Afortunadamente Manuel Portera sigue adentrándose en algo que le es consustancial; su valor primero: la sabia torpeza de su mano. Está tocada de un rumor picasiano. Desde sus primeros garabatos, desde sus primeros monigotes, desde sus fantasmas iniciales.
Adentrándose sin perder encanto alguno, atracción, sugerencia.
Veo a Manolo ahí, en su taller, en Mataborricos, con sus pinturas, con sus esculturas, indagando en la soledad de su estudio. Pintando con agua fresca. Con risa fresca. Porque la pintura de Manolo es, a veces, una clara risa explosiva, matérica, una sonora carcajada plástica, ante la realidad, ante la banalidad del mundo. Como también es una dulce sonrisa. Una sonrisa iluminada. Un caer en el cuenta. Unguiño cómplice. El ha querido traernos, hoy, como un pintor renacentista, los viejos rostros de las divinidades clásicas, y sumergirlos en la ciudad, en la calle, en el coche, en el ascensor, al doblar una esquina. Viejos dioses, jóvenes fantasmas de la modernidad. Que tu mano, Manuel, no pierda jamás esa manera de hacer un gesto en el aire, la forma de dar una raya, una mancha, un trazo inigualables; sí, joven maestro, sí, tu sabia torpeza seductora.

Manuel Padorno.
 

 

 
 

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