JOSEFINA ALVAREZ O LA PASION DEL COLOR
Conviene registrar los movimientos, las reacciones, que las pinturas
de Josefina
Alvarez Soriano producen en el contemplador, en ese primer instante
de los
acomodamientos y de los que desde la penumbra de la calle penetran
en la
iluminada sala se produce un movimiento de estupor: la coloración
se extiende en
un frenesí, por todo el ámbito y la mirada pierde su
equilibrio.
Necesita un tiempo para reponerse y para sustentarse sobre sus fundamentos
cromáticos tradicionales. Lo que Josefina Alvarez Soriano, le
ofrece, con insistencia,
con pasión es como el juego sensual del color.
Los paisajes de Josefina Alvarez se annegan de color, o mejor de coloraciones.
A
veces hay una predominancia de rojos, como en el campo de amapolas,
o de
amarillos como en la chopera, casi de cristal, a fuerza de fulgencias
coloristas.
Pero una vez que nos aproximamos al cuadro, podemos darnos cuenta de
que,
aunque se apunte, o se adelante, o se imponga un acento predominante,
allí están
siempre, todos los colores de la rica paleta de la autora.
Hay en Josefina Alvarez una como entrega jubilosa al color; parece pintar
en pleno
transporte pánico, como si los colores, en lugar de fraguarse
en la paleta, mediante
la consciente selección del pintor, éstos surgieran en
irreprimible fuente y se
estamparan sobre el lienzo, en una jugosa, apasionante, brillante,
exuberante
colaboración espontánea.
Hay muchas más resonancias catalanas, ( del colorismo rusiñolesco
con luz entre
mediterránea y manchega), que madrileñas en la pintura
de Josefina Alvarez. Hay
mucha más pasión que reflexión en esta pintura
generosa, deslumbrante. Hay más
entrega amorosa sin medida, que penetración consciente. Hay,
en suma, un
fabuloso caudal de posibilidades que necesitan ser adecuadamente disciplinadas
para que rindan los resultados que la espléndida disposición
colorista y el buen
acento compositivo de Josefina Alvarez se desarrollen con mayor fecundidad.
La pintura de Josefina Alvarez, es como el despliegue ardoroso, amoroso,
de un
alma apasionada, que quisiera cubrir la tierra entera de amarillo como
oros
celestiales, de rojos apasionantes como sangre de amapolas, de verdes
henchidos,
de naranjas como ocasos, de violetas como primaveras. Es una pintura
rebosante
que se entiende por cuanto lo rodea, que lo ilumina, que lo incendia.
Pintura con
materia y con pasión. Pintura para un mundo deseado.
Victoriano Cremer
24 de Mayo de 1990. Valladolid