| LA ELEGANCIA
DEL RECICLAJE.
Reciclar la materia para convertirla en un acontecimiento artístico.
No existe el arte, pero sí el hecho artístico. La historia
del acontecer en el arte. Schwitters buscaba en los desechos todo aquello
que le sirviera para expresar su sensibilidad. Javier Olayo transmite su
pensamiento, indudablemente democrático, con una pintura que mantiene
una concreta y tal vez escasa gama de colores, siempre asidos a la tierra.
Personal enfrentamiento del desecho con el “hecho” en sí del
arte. El arte recoge lo que los demás tiran – un pedazo de papel,
un cartón, un trozo de periódico algún trozo de madera
– y lo reune ante una paleta dispuesta a leer, ante los demás, lo
que los demás no miramos, y por eso no lo vemos. Olayo sí
lo ve. Y con indudable categoría, un abstracismo que camina, posiblemente
sin él mismo darse cuenta de ello, hacia un figurativismo que está
a punto de estallar. Pero atención, un figurativismo de pura materia,
de pura expresión sugerente en el que, cada uno de nosotros, puede
entrar y abrir la ventana y ver. El que no quiera ver, peor para él.
Tal vez le sobre un poco de soledad, de evidente aislacionismo. Pero esta
puede que sea su mayor sugerencia y su mayor acierto: no estar en ningún
ismo. Los ismos son siempre peligrosos, y perjudiciales. Su pintura está
ahí, para pensar, reflexionar y ver. Descubrir la materia a través
de sus restos. Reciclar el espíritu, una vez más, para encontrar
algún camino. No es pintura para “exquisitos”, pero sí para
los que buscan la “exquisitez” desde abajo, desde el centro mismo de la
tierra. Y encontrar la armonía en la superposición matérica
y en la irisación de una gama concreta de colores.
Sus grises, tan personales, sus rosas apenas sugeridos, sus negros
profundos, nos transmiten la soledad y la caricia de quien camina solo
pero seguro sabiendo lo que busca, dispuesto a encontrarlo, pese a quien
pese, lejos de los mercaderes del arte, que para nada sirve al final de
la odisea humana.
Manuel Sánchez Morón. |