Va, pensiero, sull’al dorate
(Vuela, pensamiento, sobre doradas alas)
Temistocle
Solera
La primera vez que visité el estudio de Javier Olayo, recuerdo
que olvidé el número de teléfono de mi propia casa.
Tal fue la fascinación con la que quedé atrapado al contemplar
su obra.
Una obra tan extensa como rica en matices y que hace explotar una
tremenda variedad de registros dentro de una misma línea de encuentro
estético.
Sus gruesas pastas matéricas, su elegante gestualidad sin
concesiones, su manejo del equilibrio compositivo, la agresiva sensualidad
de sus formas, van más allá del buen uso y el dominio de
la cocina de la pintura para transfigurarse en todo un proceso generativo
y constructivo que nace y crece desde su creador, pero que adquiere vida
propia en su obra.
Después de un largo proceso de treinta años, Javier
Olayo ha encontrado más que buscado su propia identidad.
La intensa construcción visual de su obra va surgiendo, cargada
de un hervidero de luces y sombras, con la misma intensidad con la que
un escultor saca de la materia estática e inmóvil la realidad
interna y profunda que aquella contenía.
Confiere nobleza a materiales que su contexto más evidente
puede carecer de ella.
La elegancia de sus collages es fruto de la concepción orgánica
compuesta por los espacios territoriales internos capaces de extenderse
y proyectarse desde la humanidad de su creador.
Una armonía musical, en la que parecen marcados los tiempos
de un ópera inspiradora, recorre la estructura compositiva de sus
cuadros en los que a través del juego y el diálogo gestual,
se dan cita el vacío y la plenitud, el equilibrio y el desequilibrio,
la planitud y el volumen, la realidad interna y el caos creativo. Todo
ello conforma una unidad sobre la que chorrea la sustancia misma que exuda,
desde las propias venas, este artista del color y la materia capaz de dotar
a su “ópera” de una tercera y una cuarta dimensión.
Todo este universo polifónico quedará finalmente matizado
por las veladuras que acarician suavemente y sin ostentación alguna
el propio cuerpo pictórico, la organicidad desgarrada y telúrica
que en ocasiones modela su obra.
Así, el color circula dentro del marco que lo contiene como
una música pasional y a la vez equilibrada. Las texturas son capaces
de plegarse y replegarse en una “dinamis” controlada que engendra nuevas
formas – rara vez repetidas, descubriendo siempre nuevas interioridades,
tonalidades y perspectivas, desde las que se hace difícil encuadrar
a este artista como meramente informal o abstracto, ya que su pintura no
deja de evolucionar y su compromiso es más consigo mismo que con
una estética o estilo predeterminado.
La obra de Javier Olayo hay que contemplarla, oírla y sentirla
por dentro de sus texturas y su luz interna. En ella no hay negación
del mundo exterior puesto que éste se incorpora desde la pureza
de su recuerdo, haciéndose presente desde la más genuina
sinceridad del interior de quien lo recrea.
A través de nuestra mirada silente y reflexiva fluirán
las notas alojadas en el espacio contemplado. Nos asaltarán las
rotundas humedades de sus colores y la enormidad plástica con que
ha manejado las armas de la pintura, que se deslizan desde el pincel o
el trapo que las recorre hasta los propios dedos que interpretan un discurso
repleto de movimiento y belleza.
Este argonauta pictórico encuentra el vellocino de oro de
su propia creación plástica tras haber viajado y dominado
los informales mares de nuestra mejor tradición abstracta.
Sus gestualidades se despliegan como grandes velas que se dejan guiar
por los vientos del propio acto creativo que, tempestuosos unas veces,
susurrantes otras, intentan ser conducidos hasta la calma chicha y serenidad
del buen puerto en el que es deseable concluya todo buen hacer plástico.
Así, tras haber capitaneado sabiamente líneas, colores,
formas y todo el agitado ritmo de la vorágine cromática,
la obra de Olayo se proyecta en un viaje de ida y vuelta continuo y constante,
desde su autor a su obra, y desde ésta a quien la contempla.
Javier Olayo sabe expresar su pasión por la pintura. Una pintura
que invade sus cuadros a oleadas de pinceladas que unas veces rompen y
otras se depositan suaves y minuciosas en la tela que las soporta y recoge.
El gesto y la lucha brotan en una tensión armónica
que mana de la más profunda conciencia de la textura con que éste
autor empasta sus lienzos.
Incorporando su propio cuerpo, sus manos, sus dedos, ... ha conseguido
entresacar del gesto la forma equilibrada y armónica de sus composiciones.
Para él, lo más importante es crear y encontrar.
Jesús Lázaro Docio. |