Por: Ulises
Tales, enero del 2001.
Para la muestra Desierto Infinito.
Los trabajos de Lucero Villalba son billetes para realizar viajes a
mundos exóticos de una forma un tanto peculiar. Viajes en el espacio-tiempo
a un más allá no tenebroso, viajes sin miedo al centro de
la obra , yo diría, incluso más allá del centro de
la misma, dejando volar el subconsciente consciente hacia un final desconocido,
siempre bañado en color y referencias a mundos ancestrales, a culturas
que al hombre moderno siempre atraen, y más en este nuevo milenio,
por su tratamiento del alma.
Cuando contemplamos cualquiera de sus obras queremos coger de la mano
a sus personajes y volar con ellos. De hecho si nos dejamos llevar lo haremos.
El hombre siempre ha querido (quiere) volar. Todos (¿todos?) mientras
dormimos hemos soñado alguna vez con ello. Asumiendo como ciertas
las interpretaciones oníricas de este hecho, la pintura de Lucero
nos ayuda a recordar esta gozosa situación anhelada no realizada,
que cuando despertamos y nos vemos vulnerados y rotos por la cruda realidad
se desvanece. Por ello, considero su obra fantástica en varios
sentidos:
Fantástica por el hecho de su temática y composición.
Es formidable ver cómo consigue hermanar tres aspectos, el viaje
del alma, las referencias a culturas más preocupadas por las "otras"
vidas y el color. Todo ello crea atmósferas que relajan nuestro
espíritu a pesar de no haber elegido el surrealismo como técnica
sino un cálido y latino expresionismo. Acercan sus obras al espectador,
como algo natural, a culturas, etnias y épocas en una coctelera
de colores y perspectivas infinitas.
Fantástica porque sus personajes nadan por el aire y los que
no lo hacen, quieren. Se deslizan hacia arriba y hacia el centro. Hay dos
viajes en las obras de Lucero: uno interior hacia el centro de la composición
con esas perspectivas características de su oficio y una ascendente,
que puede o no acompañar a la línea interior, pero siempre,
viajes positivos. La paradoja de estos viajes es que siendo interiores
desde el punto de vista del cuadro, de sus personajes, en definitiva, del
autor, el espectador los ve como exteriores hacia el infinito de sus cuadros,
como una fantástica inmersión a la que no tiene miedo por
la compañía que le brindan los personajes - amparadores-
que viven en la obra.
Fantástica, por último, porque lo es, porque su calidad
refleja un espíritu atormentado preso dentro de una caja de libertad,
de barrotes de agua, de búsqueda interior de la esencia del cuadro
hacia dentro, hacia las mismas entrañas del soporte que sustenta
la obra concebida, siguiendo la senda de los caminos trazados hacia ese
interior anhelado; contrapuesto todo ello a la salida eufórica y
espontánea, pero calculada, de unas mezclas explosivas de color.
Y curiosamente, después de todo ello, de esa vorágine
de información….. la paz y el sosiego. "Déjate llevar, confía
en mí…" parece decirme cada uno de sus personajes. Aunque no me
miren, oigo como un susurro sus voces….
Ulises Tales enero 2001
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