ANA MAZOY O LOS SURCOS
DE LA IDENTIDAD
Presente desde el inicio de la década de los ochenta en varias
de las principales colectivas de la nueva generación de artistas
españoles, y vinculada al grupo
Atlántica de la joven y emergente pintura gallega de aquellos
años, Ana Mazoy (Lugo, 1954) reaparece en Madrid tras sus exposiciones
individuales en 1983 y 1984 en las galerías Amadís y Estampa.
Si en aquellas muestras Ana Mazoy presentaba sus fabulosos bestiarios
--pájaros, gallos, dragones y perros-- en las coordenadas
de un expresionismo fiero, de violencia gestual y exaltación cromática,
como la manifestación más brutal del ser humano animalizado,
a partir de mediada la década de los ochenta la artista lucense
indagaba esa condición bestial y desgarrada del hombre a través
del retrato, esta vez circunscrito en formas como el óvalo o el
cuadrado que aportaban a su discurso plástico una mayor concreción
simbólica reforzada por la pérdida del color exultante y
una síntesis figurativa de ocres, negros, tierras y grises.
Encaminados ya los noventa, dos sucesos importantes dirigen la evolución
de su pintura: el descubrimiento casual de la impronta de sus huellas dactilares
y la publicación del libro Repertorio-no clasificado-de pensamientos
que dejan huella (Madrid, 1996). Fruto de más de tres años
decontinua investigación con tecnologías de la imagen y experimentación
con la fotografía y su tratamiento electrográfico, este libro
se constituye como un relato icónico en el cual los procesos de
manipulación y descomposición del autorretrato desvelan un
extrañamiento morfológico donde la figuración ha dado
paso a la ideación abstracta que la sustenta, y todo ello como prospección
de la propia identidad.
Por otro lado, la huella dactilar se va a convertir en el icono
obsesivo de referencia en la pintura de Ana Mazoy a partir de la idea de
la pérdida de la propia materia, transferida al hecho de pintar(se),
de crear(se).Así, en la exposición presentada en la galería
Desirée Lieven, Madrid (1999), Ana Mazoy mostró trabajos
realizados desde 1995 en los cuales la impronta dactilar se manifiesta,
o bien como sinécdoque de su autorretrato, o bien como metáfora
de su propio pensamiento al establecer y circunscribir por analogía
la composición de sus surcos dactilares en el interior del perfil
de su cabeza, como un cerebro a su vez animado por la energía que
emana de los procedimientos y se contiene en los materiales empleados:
la talla de soportes de madera, la organización reticular de finísimas
láminas de metal en el pan de plata y oro, o con la inclusión
de fragmentos de su cuerpo, manos o piernas vaciadas en palpitante parafina.
Pintura, en fin, de un organicismo crepitante y de misteriosas siluetas
quirománticas, mediante las que Ana Mazoy, fiel al carácter
de su tierra, nos devuelve la pregunta con la cual nos acercamos a contemplarlas,
asaltándonos la invitación a elevar nuestra mano al rostro,
aproximarla al ojo, enfocar sus huellas cerca, y escuchar el laberinto
y el eco de sus recovecos producido por el sonido de las tensiones y distensiones
de nuestro propio pensamiento.
Chema de Francisco Guinea 1999
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